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Negrita y con pretensiones
Algunas postales del racismo en Jujuy

Por Alejandra Álvarez García

En el mundo político de las redes sociales me encontré con una imagen interesante: la de una quinceañera en el acampe solidario de Plaza de Mayo que reclama la liberación de la dirigente social Milagro Sala y la no criminalización del derecho a la protesta. Esta chica ataviada con ese vestido celeste me disparó mil recuerdos sobre mi adolescencia en Jujuy. Me recordó inmediatamente los vestidos primorosos de las reinas estudiantiles de Jujuy durante la tradicional Fiesta Nacional del Estudiante. Creo que a partir de ciertas vivencias estudiantiles, algunas cosas me empezaron a hacer ruido sobre esta fiesta, pero sin tener conciencia muy clara de lo que en realidad significaba. El hecho era que cada año durante las elecciones de reinas, en una suerte de ritual exacto al del año anterior, siempre “las más lindas”, las consagradas reinas eran las rubias, y rubias eran también las que iban a los colegios tradicionales y con más poder adquisitivo.

El concepto de belleza empezó a inquietarme cuando una amiga de mi barrio fue elegida reina de su colegio. Carla era una morocha enrulada muy bella e imponente, de esas bellezas que cuando llegaba a un lugar todas se daban vuelta al verla pasar como la Garota de Ipanema, de la canción homónima. Pero Carla era una chica “sin clase ni colegio bien”, y en la elección provincial de reinas destacaba por su belleza colosal, pero su pecado era no ser “rubiecita”, un pecado mortal que la excluía del universo europeo occidental de Jujuy.

El colegio al que yo asistía casi siempre ganaba los premios a las mejores carrozas por la sencilla razón de que era un colegio privado y tenía recursos suficientes (de los padres que pagaban la cuota). Era una competencia en desigualdad de condiciones contra los colegios más pobres. Estoy hablando de los años noventa, cuando vivíamos en Jujuy, donde el neoliberalismo había hecho estragos y empobrecido severamente a la sociedad jujeña.

Ahí es donde empieza a gestarse la figura de Milagro, a partir de su militancia en Ate. Aquí es donde comienza a nacer un poder popular, que tuvo su bautismo de fuego en las calles, en las protestas, en los piquetes. Un poder popular que representa a los morochos e indígenas de Jujuy, un sector de la población excluido históricamente por su color de piel y más marginalizado y empobrecido durante los años funestos del menemismo.

Esos morochos y morochas que en la Fiesta del Estudiante asistían como espectadores a la fiesta de las reinas rubias, una fiesta donde solo podían aspirar a alcanzar los últimos premios. Una reina indígena no constituía la idea de reina provincial, en una sociedad en la que la gran mayoría de su población es morocha e indígena. Una dirigente morocha como Milagro, con poder, que representa a una organización popular como la Tupac Amaru, simboliza un enorme desafío a las estructuras sociales racistas de Jujuy y de la Argentina. Supone un riesgo que los sectores populares, “los negros indios”, asuman su protagonismo político en una sociedad que siempre negó la representación política autónoma a los jujeños, a quienes ella como líder elegida en asamblea popular representa.

El racismo profundo y el desprecio de clase se condensan en la condena que los medios hegemónicos instalaron sobre su figura. Así, contemplamos un discurso mediático de base racista no explícito, que sustenta en parte las acusaciones contra Milagro Sala y que se confunde con términos discutibles como “autoritarismo” “corrupción” y “violencia”. Porque los “indios” y los “negros” no solo no son obedientes, son díscolos y rebeldes, autoritarios que toman las calles, lo cual revela su naturaleza corrompida, porque son además y sobre todo pobres.

En esa misma línea, los sectores populares son manipulables y no piensan “con claridad” ni racionalidad al momento de ir a las urnas o elegir a sus representantes. Por todo ello, es fundamental rediscutir y repensar las intersecciones entre racismo y clasismo, y sus efectos en la cultura política de toda sociedad argentina. Se hace muy evidente que este discurso racista no explícito cuestiona e intenta erosionar la legitimidad de la figura de Milagro Sala y de la organización Tupac Amaru.

La batalla cultural que se debe sostener es básicamente abrir el debate, poner en cuestión e historizar el surgimiento de las clases populares morochas, una historia que se asienta en la profunda sedimentación de la famosa dicotomía sarmientina “civilización vs. barbarie”. Un binarismo que sigue vigente, que fue palpable cuando surgió el peronismo y que por primera vez en la historia las clases populares morochas reclamaron su lugar en el espacio simbólico y político de la ciudadanía. Siempre recuerdo un comentario que escuché en Jujuy: “Mírala a esa… negrita y con pretensiones”, una expresión en tono de juicio de valor sobre la actitud rebelde de una adolescente morocha. Esas palabras quedaron resonando en mi cabeza por siempre, porque en ese momento comprendí que los morochos y las morochas teníamos fronteras simbólicas y sociales bien establecidas.
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