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La lucha de las mujeres Argentinas

La igualdad de derechos entre los sexos y la participación activa en la esfera pública han sido anhelos compartidos por generaciones de mujeres argentinas, especialmente durante el siglo pasado. 
En los albores de la patria las mujeres no eran consideradas como sujeto de derecho, y para todas rezaba el canon de guardadoras del hogar, criadoras de hijos, padres y maridos. Las mujeres de elite estaban sujetas a las decisiones patriarcales, pero las mujeres de los sectores populares, estaban doblemente sometidas, además de las condiciones de género,  en su caso sufrían por clase y raza.
El matrimonio era el destino reservado a la condición femenina, pero la voluntad para elegir a su compañero en general era torcida por decisiones patriarcales familiares. Así mismo no fueron pocas, que haciendo uso del disentimiento en condiciones adversas siguieron largos pleitos para preservar su voluntad de elección. Esto podría considerarse como la primera lucha de derecho femenino en Argentina.
El patriarcado imperante en 1810 no significó que se excluyeran de la vida social, al tener muchas mujeres la capacidad de intervenir de diferentes maneras en asuntos de gobierno y política, discutiendo en algunos casos aspectos de poder.
La preparación de la Revolución de Mayo se debió mucho a animadoras de salones literarios –figuras emblemáticas de estos fueron Anita Périchon y Mariquita Sánchez, en varios sentidos auténticas transgresoras–, pero en gran medida sus contribuciones quedaron veladas por la hegemonía de la condición masculina, incapaz de reconocer la competencia femenina en aquellas lides.
La guerra revolucionaria también las tuvo como protagonistas, aunque no se hayan rescatado muchos nombres, más allá de Juana Azurduy, y María Remedios del Valle. Ambas actuaron en el frente mismo de las acciones bélicas contra los realistas. Los enfrentamientos que originaron guerras civiles, en las que midieron fuerzas unitarios y federales, tuvieron a Encarnación Ezcurra de Rosas, Pascuala Beláustegui de Arana y Eulalia Ares de Bildoza, como protagonistas.
Más allá que sus nombres no trascienden son muchas las mujeres que lograron despegarse de las construcciones patriarcales, siendo parte de la cosa pública y de las facultades decisorias torciendo la asignación de guardianas del orden domestico, la asistencia y la procreación.
El proceso de institucionalización, bajo la hegemonía de las ideas liberales en la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento la sanción en 1869 del Código Civil, significó una involución para las mujeres, que quedaron sometidas a la potestad de los maridos. Las casadas, no podían educarse, adoptar profesiones, trabajar o comerciar sin la expresa autorización de sus cónyuges. Tan grave como este sometimiento resultó el impedimento de gerenciar los bienes propios, que quedaban bajo la misma tutela. Las mujeres casadas tampoco podían testimoniar en juicios sin la autorización marital.
Pero más allá de la inferioridad jurídica, las últimas décadas del siglo XIX vieron una expansión de los desempeños femeninos, sobre todo en ámbitos educativos y culturales. La docencia se feminizó tempranamente, pero la inmensa mayoría de las mujeres ejerció solo el magisterio primario, ya que el bachillerato y la universidad estuvieron reservados a los varones, de modo que no es exagerado sostener que las maestras fueron el pilar de la alfabetización nacional y del proceso de la formación de letrados en nuestro país, dice Dora Barrancos del Instituto Interdisciplinario de Genero de la UBA

Ideas libertarias
No se había iniciado el siglo XX cuando llegaron al país las ideas feministas nacidas en Europa y los Estados Unidos, donde las mujeres comenzaron activamente a demandar derechos. En la Argentina el feminismo fue una cantera que reunió sobre todo a mujeres librepensadoras, con cierta educación y provenientes de las clases medias. Entre estas fueron especialmente destacadas las militantes socialistas. Alicia Moreau fue una de las principales referentes entre ellas. 
Las primeras mujeres que egresaron de la universidad, como Cecilia Grierson y Elvira Rawson de Dellepiane, abrazaron el feminismo y se tornaran líderes de la nueva corriente. Otras notables militantes de la causa de los derechos femeninos fueron Julieta Lanteri y María Abella Ramírez, que no adhirieron al socialismo pero que se empeñaron en reformas coincidentes.
Las militantes iniciales tuvieron un marcado desempeño en la década mencionada en los esfuerzos para la obtención del voto. En 1926 tuvo lugar la primera reforma de la legislación civil, que eliminó gran parte de los aspectos de la inferioridad, como obtener el consentimiento del marido para trabajar, educarse y testimoniar. La sociedad argentina se transformó intensamente en esos años y las mujeres ampliaron su presencia en nuevos empleos, especialmente en el sector servicios.
Nuevos grupos de mujeres, alejadas de las ideas reformistas sociales y en buena medida provenientes de los sectores sociales más empinados, se unieron también a las feministas en procura del sufragio. En 1932 la Cámara de Diputados dio un paso notable al votar la ley que concedía ese derecho, gracias a la acción de los socialistas y de los liberales de mayor convicción, pero el Senado nunca discutió el proyecto.
Una singular transformación, que en todo caso asume las características de una auténtica revolución silenciosa debida a la actitud de las mujeres, fue la disminución del número de nacimientos. La Argentina ingresó de modo anticipado en el régimen de transición demográfica, instaurado en gran medida por la conducta anticonceptiva de la población femenina. No cabe duda de que el aborto fue extensamente empleado.

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