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Morteros, Córdoba, Argentina /

El orden de la obediencia debida

Por Carlos Del Frade
(APe).- Treinta años después del intento de golpe militar encabezado por el entonces teniente coronel Aldo Rico, es preciso preguntarse qué orden empezó a regir en la casa colectiva de los argentinos.
Las crónicas periodísticas, tres décadas después, sintetizan aquellos hechos empezando por la frase del ex presidente de la Nación, Rául Ricardo Alfonsín, cuando sostuvo: “¡Felices Pascuas!. La casa está en orden”. Era el 19 de abril de 1987.
“La rebelión de oficiales del Ejército se inició el 16 de abril, cuando el mayor de Inteligencia, Ernesto Barreiro, se negó a concurrir al juzgado que lo investigaba por cargos de tortura y asesinato y se amotinó en el Comando de Infantería Aerotransportada de Córdoba junto a otros 130 militares, para resistir la orden de detención judicial. La reacción se extendió a otros cuarteles y el teniente coronel Aldo Rico, a cargo de un regimiento en Misiones, pasó a liderar la amenaza sobre el gobierno nacional desde la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. Los carapintadas exigían la renuncia de los altos mandos del Ejército y la sustitución del juicio a los autores de violaciones a derechos humanos por otra que contemplara situaciones más flexibles para los oficiales que recibieron órdenes”, sostienen las crónicas.

En aquel momento, surgiría la leyenda del general Alais: “El gobierno nacional ordenó a fuerzas militares que obligaran a sus pares a deponer la rebelión, pero nadie se movió de sus cuarteles, con excepción del general Ernesto Alais, que salió con una fuerza de tanques desde el II Cuerpo, con sede en Rosario, pero nunca llegó en cuatro días a Campo de Mayo.

Tras la sorpresa de la rebelión, la Plaza de Mayo comenzó a ser ocupada por manifestantes a favor de la democracia y permaneció repleta hasta el discurso final de Alfonsín que anunció el término del conflicto. La tensión llegó a niveles desconocidos, cuando el gobierno anunció que no tenía fuerzas para reprimir a los sublevados por lo que se veía obligado a asumir gestos extraordinarios”, apuntan los trabajadores de prensa.

La síntesis de los medios de comunicación concluye diciendo que “el jefe radical en el Gobierno salió al balcón de la Casa Rosada para anunciar, junto a los presidentes de los partidos opositores, que concurría en helicóptero a Campo de Mayo para hablar con los sublevados. Numerosos manifestantes se agolparon a las puertas de Campo de Mayo y de otros cuarteles rebeldes y fueron advertidos que abrirían fuego y se produciría una matanza, si intentaban entrar. Alfonsín voló en un helicóptero sin custodia a Campo de Mayo y habló con Rico y los oficiales carapintadas. Regresó unas horas después a la Casa de Gobierno rodeada de una multitud ansiosa por conocer el futuro de la democracia. El Presidente volvió al balcón y con los brazos en alto pronunció el 'Felices Pascuas', que marcaba la distensión y auguraba el fin del conflicto”, termina la memoria, tres décadas después.

Dos meses después, el 22 de Junio de 1987, se produjo el desprocesamiento de los principales torturadores de las policías de todas las provincias argentinas como consecuencia de la ley 23.521, de obediencia debida.



Treinta años después, la ley de obediencia debida, ya derogada, se convirtió, sin embargo, en un concepto cultural y político dominante en la vida cotidiana de las argentinas y los argentinos.

Hay obediencia debida en las empresas, en los medios de comunicación, en la iglesia, en el servicio público de justicia, en la política y en las escuelas.

Hay continuidades de formas de torturar que llegan al cuerpo estragado de adolescentes en el Gran Buenos Aires, Gran Rosario, Tucumán, Mendoza y Córdoba, por nombrar las principales provincias.

Quizás el orden que impusieron los verdaderos nombres de la casa colectiva llamada la Argentina fue convertir la ley en una pauta de conducta que hoy, treinta años después, se encuentra vigente en el país.

Porque una cosa fue el levantamiento carapintada, otra muy distinta, el orden que las minorías le imprimieron a la democracia argentina.

Tres décadas después, la casa sigue en el orden dictado por la concentración de riquezas en pocas manos y por más que las leyes de punto final, obediencia debida e indultos hayan sido derrotadas por la movilización popular y nichos dignos del poder judicial, las patronales siguen subordinando a vastos sectores populares a su antojo.

Es necesario, treinta años después, otro tipo de orden para una verdadera casa que cobije a las grandes mayorías argentinas.

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