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Morteros, Córdoba, Argentina /

Mujeres en la mira

Por Pate Palero
En Argentina, una mujer es asesinada cada 30 horas. Resulta escalofriante pensar que entre hoy y mañana, habremos sumado un nombre más a la lista de víctimas del machismo. Y entre mañana y pasado, uno más, y así… 
Como esas películas de terror, en donde el minutero va marcando un final anunciado, el 2017 lleva el ritmo de una carrera mortífera, en la que el francotirador hace foco en un grupo determinado y específico de la sociedad: las mujeres. 
Desde el año 2013, se registran entre 280 y 295 femicidios por año, según cifras todavía no oficiales. La propia estadística que “La Casa del Encuentro” elabora en base a las publicaciones periodísticas data de apenas 2008, nueve insuficientes años para construir un diagnóstico completo y pormenorizado. Sólo el dato espeluznante que se cumple, horas más, horas menos, como una pesadilla cotidiana. No pasan dos días en los que una mujer no sea asesinada por ser mujer. 
Caer en las trampas del miedo y sus recetas fáciles es uno de los mayores desafíos por enfrentar. La condición precaria de los datos debiera evitar la tentación de retratar lo que nos ocurre como un “fenómeno”, o una “ola” de violencia de género. En cambio, podría invitarnos a reflexionar con mayor responsabilidad sobre las razones por las cuales – luego de años de construir herramientas jurídicas, mecanismos y protocolos de asistencia, asignaciones de recursos, capacitaciones de personal- el machismo resiste, se atrinchera, y azota. 
Algunos datos que se desprenden de denuncias receptadas por el Polo Integral de la Mujer en Córdoba indican, incluso, cierto incremento en la capacidad de daño y en la actitud desafiante de los agresores. Atribuir “efecto contagio” a la visibilidad que la problemática ha adquirido en los últimos años sería simplista o manipulador. Sobre todo si no reflexionamos sobre otros efectos más evidentes: la banalización y el efecto narcotizante de los relatos descontextualizados y superficiales; los tratamientos sin perspectiva histórica ni análisis por fuera de las consignas, los cuales alimentan la desazón y la desesperanza. 
Si a este escenario le sumamos un contexto político en el que el paradigma de derechos sociales, económicos y culturales es sospechado y puesto en confrontación con un paradigma liberal, meritocrático e individualista, se comprende la proliferación de discursos parcializados y prejuiciosos -cuando no oportunistassobre los debates de género. 
La paradoja mayor quizás consista en constatar que las conductas reactivas y los gestos desafiantes de los agresores no son más que la confirmación de que el patriarcado acusa el golpe y genera anticuerpos. Encarnado en personajes pseudorebeldes, ostentando ignorancias y prejuicios, el machismo se regenera para desplegar manotazos arteros. Tendremos como asignatura pendiente sortear las trampas del mercado y sus intentos por asimilar toda transformación a las lógicas de oferta y demanda. Pero nadie puede negar que las nuevas generaciones llegan inoculadas por la pregunta sobre el NiUnaMenos. Nunca antes podríamos haber afirmado con tanta certeza que niñxs, adolescentes y jóvenes arribarán más temprano que tarde a la opción de sortear estereotipos y mandatos ancestrales. La igualdad entre los géneros, que adeudan todas las desigualdades, tendrá su oportunidad en los años venideros.

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