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Morteros, Córdoba, Argentina /

Antropología de un show horrible

Por Lucas Moreno
ShowMatch es, inobjetablemente, un pésimo programa, de una violencia simbólica sin precedentes, pero su efectividad no está en lo que pasa adentro, sino en la potestad que le entrega la audiencia.
Todos los años lo mismo. Lo más bajo de la televisión. Está armado. Son de cuarta. Es una porquería. No les creo nada. Estas son algunas frases recurrentes que los televidentes de ShowMatch disparan para desacreditar el programa. Pero es un error considerar que este producto puede ser atacado por su falta de cohesión artística o de lógica interna. ShowMatch es, inobjetablemente, un pésimo programa, de una violencia simbólica sin precedentes, pero su efectividad no está en lo que pasa adentro, sino en la potestad que le entrega la audiencia.

ShowMatch debe pensarse como un santuario que al ingresar brinda un tiempo alternativo (kairós) que instiga a que todos se comporten de manera determinada. Es decir que no está todo armado pero sí condicionado: Laurita Fernández no es una actriz ducha como para embaucarnos con una representación de su corazón partido. El show, como dispositivo de exposición y juzgamiento incesante, pone a los sujetos en situaciones de estrés para que acaben desmoronándose. Los productores nunca serían tan imprudentes como darle a los mediáticos un guión que actuarán de manera bochornosa. Los productores predisponen los elementos dramáticos para que allí se genere una improvisación en donde los participantes no puedan escapar de su memoria emotiva. Es como si se intentase demostrar mediante un forzado sistema de Stanislavski que hasta el más idiota puede entregarle a la cámara un sentimiento genuino. Aquí la actuación suprime su condición metacognitiva, o dicho con otras palabras: se actúa mejor cuando no se sabe que se está actuando.

La indignación que aparece cuando se comprueba que ShowMatch aún tiene rating es un equívoco de base. Si a varios les resulta increíble que haya audiencia para un producto semejante, es porque lo analizan de manera inmanentista. No será el contenido del programa lo que se consuma, sino el rito del programa. Al televidente le dará igual quién baile o quién se pelee: en realidad sólo exige la forma, el continente, para ingresar en un tiempo litúrgico. Sólo quiere que ShowMatch esté ahí, en la pantalla, repitiendo noche tras noche el mismo patrón. Por lo general, se considera que la falta de originalidad debería ser una razón suficiente para su fracaso, pero sucede lo contrario: en la predecibilidad está el secreto del éxito. ShowMatch funciona como una misa televisada, un tiempo para el recogimiento neuronal. Si se escapa del esquema ceremonial, pierde su carácter sacro.

Que la apertura sea tan ansiada revela al programa como un cohesionador social, como un momento cargado de sentido para la totalidad de la población argentina. Ver el programa ya no es una cuestión de mal gusto, sino un acto reflejo para formar parte de una comunidad. La objeción “si no te gusta, no lo veas” es insuficiente: vemos ShowMatch por una necesidad de pertenencia, es un flujo semiótico que marca nuestro devenir colectivo del mismo modo que lo marca una elección presidencial o un campeonato de fútbol. Los comentarios iracundos de los televidentes ante la desprolijidad conceptual son funcionales al programa porque el programa no es algo que podamos elegir como consumidores. Quejarse de ShowMatch es tan infértil como quejarse de los impuestos.

La repetición, vista así, deja de ser una vagancia creativa por parte de la producción. Repetir es lo que garantiza el poder performático de todo ritual. La apertura del programa siempre responde al siguiente esquema: doblaje apócrifo, despliegue coreográfico, entrada de Tinelli, cortometraje institucional y concierto de cierre. La alteración del orden provocaría una sorda incomodidad en la audiencia, como si se festejase año nuevo y después navidad. Mientras más igual sea el producto, más sólido se presenta como baliza de un período social. Todos los actores de este acontecimiento sabrán qué hacer y tendrán una identidad fija mientras dure el rito: Tinelli, jurados, participantes, reidores, todos ocupan un lugar substancial en esta escenificación y harán lo que deban hacer. Hasta los tweets criticando al programa serán iguales a los del año pasado. Un ciclo repitiéndose una y otra vez sin que nadie pueda librarse.

La llegada de Tinelli se asemeja mucho a esas fiestas populares que suspenden el orden cívico, como el carnaval, las bacanales, Halloween o las ejecuciones en una plaza pública. Aquí el pueblo ingresa en un orden lúdico que les permite expulsar mediante sobreactuaciones todas sus tensiones. Es indistinto que la fiesta sea elegante, sólo importa que una colectividad le dé envergadura de tiempo ficticio en donde se tiene absoluta libertad para odiar, juzgar y reírse de los otros.

Prender a Tinelli cada noche se convierte, curiosamente, en el gesto religioso de una sociedad secularizada, un santuario pagano que uno abandona cuando apaga el televisor.
Fuente: Hoy Día Córdoba

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