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Morteros, Córdoba, Argentina /

Rita Segato: “El aula universitaria es el lugar del gozo autoritario del profesor”

Para la antropóloga e intelectual feminista, el aula universitaria es el espacio donde muchos hombres instauran “su pequeño reinado”. Un lugar en el que reparan frustraciones y fracasos, y ponen en práctica una “pedagogía del autoritarismo”. Al realizarse una nueva marcha convocada por el colectivo “Ni una menos”, la especialista analiza la cuestión de género en el ámbito universitario, donde hacen foco buena parte de los estudios actuales sobre la temática. Y enciende luz roja sobre la instalación de un tipo de fundamentalismo en el espacio público, con el propósito de amedrentar a la mujer, y como parte de una agenda internacional de poder.
Rita Laura Segato es una de esas voces que es necesario escuchar para pensar determinados momentos de las sociedades. Su formación como antropóloga y especialización en estudios de género en las comunidades latinoamericanas, ayudan a analizar la situación de la mujer en la región, y comprender qué está pasando en torno al brutal recrudecimiento de la violencia machista. “El terror femenino que estamos viviendo en Argentina es síntoma de un momento desesperado del mundo”, asegura, y advierte que “el problema de las mujeres no es el problema de una minoría; se presenta de ese modo porque se pretende un tema particular, pero es un problema general, que incluye también a los hombres".
La intelectual y teórica feminista argentina visitó hace unos días la Universidad Nacional de Córdoba para participar del seminario-taller “Mujeres y sociedad. [In] justicias territoriales”, un encuentro organizado por diferentes centros y organizaciones locales e internacionales, que tuvo lugar en el Pabellón Venezuela de la Facultad de Filosofía y Humanidades .

En la oportunidad, mantuvo una charla con UNCiencia en la que analizó la violencia de género en la academia y en el contexto más amplio de las ciudades, y las implicancias del mandato de masculinidad dominante.

Segato es la primera de una serie de entrevistas con diversas especialistas sobre género que UNCiencia publicará en distintas entregas. Conversaciones para reflexionar y tratar de entender qué hay detrás del actual brote de violencia machista, y los modos que asume la cultura patriarcal.

Las universidades se han constituido en escenario de análisis entre las investigaciones sobre violencia de género, precisamente porque allí se ha incrementado la violencia, según vos misma has señalado. ¿Cómo interpretás que episodios de este tipo se multipliquen en la universidad?


Es un problema muy serio que enfrentan las universidades. En mi universidad [nota ed. Universidad de Brasilia], en 2016 hubo un femicidio dentro del Laboratorio de Biología, y un suicidio de una joven que denunció haber sido acosada por un profesor prestigioso de la Facultad de Derecho. Al suicidarse, la chica dejó una carta en la que dijo que se quitaba la vida debido a la persecución permanente que sufrió como estudiante, y continuó después durante la búsqueda laboral. Entonces, qué sentido tiene poner fe en las instituciones.

¿Qué lectura hacés detrás de ese hecho concreto?

Eso demuestra que los espacios de los que menos sospecharíamos, en los que supuestamente trabaja la gente más ilustrada y formada, están cruzados por la violencia machista. Allí los hombres también son víctimas de un mandato, de la obligación de una obediencia a un comportamiento masculino. Todos los días los hombres tienen que demostrar que son sujetos viriles. Un sujeto potente, poderoso, controlador, y con capacidad de algún grado de dominación.

Como especialista e investigadora sobre la violencia contra las mujeres, ¿cómo ves la problemática de género en el mundo académico? ¿De qué manera se manifiesta y qué alcance tiene?

El aula universitaria es el lugar del gozo autoritario del profesor. Lo he visto con mis colegas. Y es un gozo miserable, donde cada uno construye su pequeño reinado. Empieza por ahí, es una pedagogía del autoritarismo. Para mucha gente insatisfecha y muy frustrada, es ahí donde repone sus fracasos. Max Weber decía que la vida académica es el lugar donde las personas perciben su mediocridad, perciben su propio límite intelectual. Es un ambiente de gran resentimiento. Creo que la agresión y la violencia surgen del resentimiento, de cuando las personas perciben su límite respecto de su capacidad de tener un espacio de control en el mundo. La violencia de género también surge de la frustración masculina.

Actualmente, se está discutiendo la posibilidad de que la UNC, así como otras universidades nacionales nucleadas en el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), otorgue licencia a las mujeres que sufren violencia de género. ¿Cuál es tu evaluación sobre este tipo de propuesta? ¿En qué medida puede ayudar?

Creo que es necesario abrir luchas en todos los frentes. Las normativas ayudan, pero más que nada, sirven para nombrar los problemas. Si adoptás una norma de ese tipo, estás afirmando que existe el problema. Eso ya es un logro, pero nunca es suficiente. El trabajo se lleva a cabo de otra forma y en otro lugar. Debe darse principalmente en la sociedad y en los medios de comunicación, que son centrales. Los medios no nos están ayudando, no están ayudando a la vida. Algunos, de manera deliberada, y otros, por ignorancia. Por falta de análisis, de reflexión y conversación entre editores y trabajadores de los medios. El mundo de la comunicación no permite pensar, la velocidad con la que se trabaja es la de captura: la información es devorada, digerida y evacuada. Es necesario detenerse a pensar, deliberar y conversar. Los medios no dialogan con la sociedad, la rapiñan.


La ciudad, ese espacio hostil

Para Segato, las ciudades se presentan como territorios hostiles para las mujeres, difíciles de transitar, donde la vida corre peligro. Una violencia urbana que trasciende la ciudad, y se conecta con su historia y el modo en que fue concebida, con el concepto de ciudadanía y de participación en el espacio público. “Siempre digo que el Estado tiene un ADN patriarcal –apunta. Por lo tanto, lo público tiene ese ADN patriarcal”. Quizás por ello desconfía del Estado y las instituciones, y pone el acento en la lucha y las reivindicaciones de las organizaciones sociales y los movimientos feministas. “Nunca hubo más leyes ni más instituciones que ahora, y sin embargo, estamos cada vez peor”, asegura.

¿Consideras que las ciudades latinoamericanas son espacios habitables para las mujeres?

La gente que trabaja con la cuestión racial habla de racismo ambiental. En Ciudad Juárez (México), por ejemplo, he visto a mujeres llorando por el miedo a tener que atravesar las calles en la noche al salir de trabajar en las fábricas. Ese es un caso extremo. Pero otros espacios urbanos, menos difíciles, también se vuelven fuertemente hostiles.

¿Cómo se constituye el espacio público desde la perspectiva de género?

Las mujeres no somos dueñas de lo público, no somos exactamente ciudadanas. En Latinoamérica, no somos exactamente personas. Tenemos que hacer una serie de adaptaciones, de operaciones de travestismo, para simular una participación en el espacio público y en la institucionalidad.

¿Cuál sería un ejemplo de esta mutación que debe hacer la mujer diariamente?

Tiene que ir ocultando el cuerpo. A diferencia del hombre, la mujer tiene que demostrar todos los días que es un sujeto moral, porque no lo es naturalmente. Cuando el hombre sale a la calle, no encara la duda sobre su moralidad. Moral en un sentido cívico, de un sujeto ciudadano, merecedor de respeto y reconocimiento. Nosotras tenemos que hacer una serie de operaciones frente al espejo: cada mañana, pensar si la pollera es corta, si es mucho maquillaje, si se nota. Toda una serie de operaciones que son automáticas en la mujer para poder entrar bajo el ojo público y que no haya duda sobre su moralidad, para poder conseguir respeto. El conseguir respeto es un esfuerzo para la mujer, para el hombre no.

¿Cómo analizás el recrudecimiento de la violencia contra la mujer en América Latina?

Siento que estamos viviendo en un espacio muy semejante al de los fundamentalismos islámicos, donde la mujer no tiene libertad de circular en el espacio público. Desde hace algún tiempo, un año exactamente, tengo la sensación de que un tipo de fundamentalismo cristiano y monoteísta está siendo introducido en nuestras sociedades. Y fundamentalismo y guerra son sinónimos. Creo que esta victimización sobre las mujeres forma parte de una agenda de poder. El poder no es observable directamente, no se puede observar cómo el poder planea la vida para nosotros, pero podemos inferir la existencia de agendas de poder, por síntomas. Y una de ellas tiene que ver claramente con lo que está aconteciendo con la situación de las mujeres y ese ambiente de miedo que hoy nos rodea. Desde Estados Unidos hasta la Argentina hay, además, una escena presidencial común que emerge, la escena mujer perro faldero, mujer caniche de exposición. Eso no era así hasta hace muy poco. Y no es casual.

¿Dónde buscamos soluciones?

Nunca hubo más leyes, más instituciones y más debate que ahora y, sin embargo, estamos cada vez peor. La sociedad ha abandonado su papel, se lo ha entregado al Estado. Y eso fue un grave error de los movimientos feministas. Las soluciones siempre vienen de la sociedad, no hay que depender del Estado, porque muy a menudo nos termina traicionando. Quiero ser clara: no hay que abandonar el campo de la lucha estatal y de las instituciones, pero está demostrado que eso no basta.

Por Candela Ahumada y Eloísa Oliva
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional

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