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Inmunidades

Por Ignacio Pizzo
Una diputada oficialista que, como sus colegas, goza de inmunidad/impunidad parlamentaria, logró captar la atención de la prensa hace varios días. Intentó lanzar un proyecto que eximiría de la obligatoriedad de vacunar a los niños, trasladando a las familias la decisión, consentimiento informado mediante. Integrantes de comunidades científicas repudiaron rápidamente la desafortunada intención.
Las inmunizaciones fueron parte de una transformación sanitaria sin precedentes. Cuando todavía era un estudiante, el inglés Eduardo Jenner, padre de la vacunación, oyó que una campesina en Escocia, planteaba que no padecía viruela, pues ya había sido afectada por la misma enfermedad del ganado vacuno. Ya graduado, en 1796, inoculó al niño James Phipps la linfa de una pústula de viruela obtenida de la ordeñadora Sara Nelmes que había contraído la enfermedad. Para comprobar la eficacia, inoculó posteriormente al mismo niño con virus de viruela humana y nunca enfermó. Por ello el nombre vacuna. Luego la viruela se logró erradicar en humanos. Las vacunas desde ese momento han contribuido a prevenir patologías infecciosas.
Nuestro privilegiado calendario de vacunación, aún goza de buena salud. Sin embargo, en época de fueros, dietas parlamentarias aumentadas sin paritarias y puestas en escenas de diputados jugando a la honestidad, la población infantil más postergada requerirá de un sistema inmune adaptado que no tendrá oportunidad de generar anticuerpos contra virus y bacterias dado que sus esenciales y básicos nutrientes, proteicos y vinculares, no son la prioridad en un país que no sólo no los reclama, sino que los ocluye o los visibiliza como el origen de peligros y delitos.
Eso no se discute en el recinto, útero de las leyes del pacto social. Integrante de la santísima e inescrupulosa trinidad del cuerpo estatal. Cuerpo cuyos congresales, mandatarios y magistrados actúan como células dispuestas en tejidos, confluyentes a la hora de secretar anticuerpos anti- niños y anti-jóvenes. Y no contento con tal acto, fabricar anti-almas, anti-trabajo, anti viviendas, anti-ternuras, anti-afectos. Lista inmensurable. Pero, sin duda, la respuesta inmune cultural ante la otredad es el mayor desasosiego que el cuerpo social afronta.
La creciente desigualdad, parece ya no resultar indignante, las atrocidades mediáticas inseparables del oportunismo en campaña han aniquilado el pensamiento crítico. Entonces los reportajes televisivos fraguados, las entrevistas guionadas, los paneles de “licenciados en todo”, se erigen como formadores de opinión. El show toma forma de gran macrófago que fagocita la más mínima germinación de humanidad que pueda crecer en los recovecos de las urbes. Cualquier neurona que se aparte de la atención hacia una pantalla, cualquier corazón que se arrime a la transformación. Nos inmunizamos contra la pobreza y contra los pobres. Y las cifras parecen ser parte de meras discusiones de pizzería o simples slogan electorales. Nos inmunizamos y preferimos ver al pibe chorro, en vez de nuestro fracaso como ciudadanía. Nos inmunizamos y dispersamos sentimientos punitivos en contraposición a la situación de la infancia como destino de nuestras políticas. Nos inmunizamos contra el otro.
Somos la sociedad con diagnóstico de trastorno autoinmune porque genera contra sí misma auto-anticuerpos al neutralizar a nuestros pibes, componentes vitales, no reemplazables, no renovables, no regenerables. Niños de deseo insaciable. A quienes se les bloquea el deseo con los anticuerpos de la inmunidad adquirida, que adquiere forma de hambre, drogas o balas. No son entelequias. Son posibles por el aval de los órganos generadores de inmunidad/impunidad: los órganos estatales, algunos ineficientes e inoperantes por elección, otros eficientes y profesionales a la hora de descargar la pólvora para ejecutar la infancia y su progenie. Comunicadores que incomunican, empresarios emprendedores del desastre, statu quo que inmoviliza.
“Desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago”, escribió el filósofo Emmanuel Lévinas. La respuesta a nuestro padecimiento, que toma el carácter de epidemia sobre la que nadie investiga, será entonces descubrir si contamos con la capacidad de encontrarnos en las miradas, con y para los otros y otras. Debatir y accionar en rondas de mates, reconectando abrazos desechos, sin escenarios ni marquesinas, qué infancias queremos, en concreto será discutir un modelo de país. De lo contrario no hay vacuna que valga.
(médico generalista)
Fuente: Pelota de Trapo

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