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El riesgo de sacrificar ministros para complacer a los mercados

El gobierno mantiene la receta a pesar de la crisis. La política, por ahora, sigue a disposición del capital financiero, que ya pide cambios en el gabinete. A cada nueva escalada del dólar, mayores exigencias de las corporaciones. Un espiral que no cesa.
Por Federico Dalponte
Cosas que se dicen: hay que revertir la desconfianza. Como si la confianza no fuera intangible, escurridiza. Como si en verdad pudiera el sistema alimentarse apenas con ella. Como si no fuera suicida depender de la confianza.

Los análisis suelen ser pre-científicos por estas horas. No hay forma de establecer mínimas relaciones causales. Desde el viernes, el Grupo Clarín pide la cabeza de Marcos Peña. Su editor Ricardo Kirschbaum fue incluso más allá y sugirió la renuncia de todo el gabinete. Creer que las fallas estructurales se solucionan con cambios de fusibles es ingenuo y hasta peligroso.
Detrás, claro, la confianza: dar señales al «mercado» para que se porte bien, para que no licúe el ingreso de los argentinos. Satisfacer los caprichos del zorro para que no se coma a las gallinas adentro del corral.
Es probable que exista algo peor que el gobierno actual: las pretensiones de los grupos económicos. Ahí Juan Perón y su frase sobre la irreal economía libre; o la controla el Estado en beneficio de muchos o lo hacen las corporaciones para provecho de  pocos.
Léase: no es tiempo de redoblar la docilidad y encomendarse al santo perdón del «mercado», con ofrenda de ministros incluida, sino todo lo contrario. Se requiere más regulación, más control, más Estado. Todo aquello que fue desmontado a partir de diciembre de 2015.
Peña es el arquetipo PRO, la expresión más acabada de esa pretendida nueva política, de esa marca rancia y vieja que se presenta como moderna. Pero de todas formas no puede un Estado soberano sucumbir ante las exigencias del capital. Echar al jefe de gabinete para seducir a los «mercados» no es una señal de debilidad ante los adversarios políticos, sino ante el propio establishment.
Si el gobierno quiere aferrarse a lo que queda de su capital político, debe hacer justamente eso: política; reactivar la economía doméstica a partir de la acción estatal y no rifar su suerte a la especulación privada. Luego, en un segundo plano, cada presidente se rodea de los funcionarios que le place. El «mercado» no debería nunca imponer ministros ni sacarlos.
Es cierto: el presidente es una anomalía para una sociedad acostumbrada a los liderazgos fuertes. Por eso, parte del electorado macrista festeja el método Bullrich para el control de la calle, porque espanta a los fantasmas de la debilidad. Pero el gobierno no está ni cerca de una salida anticipada por impulso de las protestas. A Mauricio Macri hoy lo pone más en jaque una movida del J.P. Morgan que una Plaza de Mayo rebosante.
Como siempre, el mayor pecado ante la adversidad es mostrarse dubitativo. Los sectores adversos a Cambiemos nunca se fiaron de la destreza del presidente, pero no por eso lo empujarán al abismo. Su reclamo es el mismo desde hace tres años: frenar la timba financiera y quemar las recetas ortodoxas. Lo mismo que hoy reclaman vastos sectores del periodismo que hasta ayer apañaban el modelo de especulación.
Ahora, sin embargo, el monstruo es demasiado grande y el gobierno no tiene fibra para romper esquemas. Aunque debería. Decía Thomas Kuhn que las anomalías son las que ponen en cuestión un paradigma. Si uno confía en la ley de gravedad pero le flotan las manzanas, algo tiene que hacernos ruido. Si le encomendás tu desarrollo al «mercado» y éste sólo te trae devaluación, inflación y recesión, es hora de pensar en un cambio de paradigma
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