Morteros, Córdoba, Argentina /
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Juventud. Islas. Bandera y Panes

Texto de no-ficción escrito en base a los hechos vividos y narrados por ROQUE RAÚL WEISS (Luli). Soldado clase 63. Integrante del Regimiento de Infantería 8, de Comodoro Rivadavia. Llegó a Malvinas el 6 de abril de 1982, y regresó el 21 de junio del mismo año. 

Por Mirta  Barale
La bandera inglesa se elevaba sacudida y triunfante.
El viento malvinense silbaba su eterna plegaria defurias y torbellinos, mientras las olas del mar, en el Estrecho de San Carlos,  acariciaban con acuosa grosería los guijarros de la Bahía del Zorro. Un silencio de derrota acunaba el momento. Roque Weiss y sus compañeros argentinos sentían una tristeza honda y desoladora.  Sentían que los esfuerzos y sacrificios habían sido en vano. Todo estaba perdido. Era el 15 de junio de 1982. El día antes, las fuerzas argentinas habían acordado un alto el fuego. Inmediatamente recibieron la noticia.
Durante toda la noche, un helicóptero inglés había sobrevolado sobre sus cabezas. ¡Tenían unas ganas de dispararle!... Pero no podían.  Habían aterrizado cuando el débil amanecer de las islas se insinuó en el horizonte. Los tomaron prisioneros y después los llevaron al buque Norland de la armada sajona. Izaron su bandera, pero no encontraron a la argentina, escondida  a tiempo y con  ingenio.
Ya todo era pasado. Pero un pasado vivo. Algo más de 70 días habían bastado para vivir un mundo de emociones, buenas y malas. Eran chicos del interior. Nunca habían viajado. La  aventura  comenzó con el viaje a Córdoba para la revisación del servicio militar obligatorio. No importaba dónde los mandaran. Tenían la desbocada vocación juvenil por lo nuevo y desconocido. Fueron destinados al Regimiento de Infantería 8, de Comodoro Rivadavia.
Desde la sofocante Córdoba, llegaron el primero de febrero, con sus zapatillas, sus remeritas y sus gins para enfrentar el frío ventoso y mordaz de la Patagonia. Dos meses después, precisamente el 6 de abril de 1982, un avión los depositaba en las Islas Malvinas.
¡Las Malvinas! Eran un mito. Sabían poco y nada de ellas. En sus desdibujados recuerdos, sólo asomaba algún que otro acto en el que se escuchaba la canción de Yupanqui y Ramírez, “La Hermanita Perdida”. Sabían que eran argentinas pero las ocupaban los ingleses, y ahora las recuperarían. Todos se sintieron felices y orgullosos de ser partícipes de esa hazaña. En el Regimiento 8, Weissy otros tres soldados manejaban camiones. Pero a las islas iría solamente uno de ellos. Roque se anotó inmediatamente. Quería conocer, quería vivir, quería ser parte de la historia, no podía perderse esa oportunidad. ¡Tenía –como todos- 18 años! Una fuerza indetenible no exenta de  ingenuidad los empujaba. Todos decían que no iba a haber guerra. Y allá fueron, contentos, derrochando energía y juventud.
Durante los primeros días, Roque Weiss estuvo en Puerto Argentino. Con su camión, viajaba permanentemente  al aeropuerto, 10 km exactos,  a buscar mercadería y pertrechos militares. Después, fue destinado a la otra isla, la Gran Malvina, sobre el Estrecho de San Carlos, en la Bahía del Zorro.
Allí, cada día se convirtió en una eternidad. El amanecer, a las 10 de la mañana, pintaba un paisaje de mustias colinas de vegetación achaparrada, permanentemente castigada por el viento. Muy cerca, el casco de una estancia, plagada de ovejas, similar a un pequeño pueblo, a veces, les servía de refugio, en especial el gran galpón de la esquila. La turba del suelo dificultaba el tránsito de los camiones que se empantanaban, y por el impenetrable bloqueo naval y marítimo impuesto por los ingleses, muy  esporádicamente recibían pan, arroz, o papas.
En el suelo duro y helado, casi pétreo, cavaron los pozos, los famosos pozos de zorro o trincheras, para protegerse del enemigo. La dureza de la tierra no les permitía mucha profundidad. Cuando salía el sol, después de una nevada, se les llenaba de agua. Sus pies entumecidos se mojaban. Muchos sufrieron pie de trinchera y tuvieron que amputárselos, aunque, por suerte,  ninguno de ese grupo tuvo esa desgracia.
Allí pasaban horas. Los bombardeos del enemigo se ensañaban durante noches enteras o bien durante la hora del almuerzo. No podían dormir ni comer. Ese era el gran tema: EL HAMBRE. Simplemente, hambre de comida, de cualquier comida. Por el bloqueo, les llegaba poca comida. Tenían sólo 18 años, corrían todo el día de un lado para otro. Tenían hambre, ¡siempre! Para apañárselas, recurrían a los recuerdos: las carneadas y los chorizos del tío, las tortas fritas de la abuela… ¡aaah!, cómo extrañaban todo y a todos. A pesar de la adversidad, los momentos risueños no faltaron en esos espíritus sanos y juveniles. Weiss recuerda alegremente, cómo “cargaban” a un compañero, quien en una oportunidad les escribió una carta a los padres: “Hola papá y mamá, los extraño mucho. Cuando puedan, manden chorizos, quesos, etc., etc.” ¡Eso parece el papelito que nos daban cuando éramos chicos y nos mandaban a comprar a la despensa! ¡No es una carta, es un pedido de mercadería!”, comentaban jocosos.
El hambre también mostró otra cara, la siniestra: se cobró vidas. Un chico encontró una oveja muerta, desesperado, comió su carne y murió. Cocinar era casi imposible. La turba se dejaba secar y se usaba para combustible, pero era tóxica para las comidas. Cuando encontraban y podían, juntaban unas escasas leñitas, o bien, iban a buscar los postes de teléfono para hacer fuego. Roque manejaba un tractorcito con un acoplado, tenían que viajar cada vez más lejos para conseguirlos. En una oportunidad, un cabo lo reemplazó, se alejaron, el cabo pisó una de las minas que habían puesto los mismos argentinos y murió. El destino tiene sus misterios y sus momentos para cada uno. A Roque Weiss no le tocaba morir, se había salvado. 
El mar les regalaba un paisaje diferente. Entre uno que otro pingüino tardío, gaviotas que desafiaban las olas y el viento, y avutardas curiosas que en alguna ocasión también fueron parte del menú, la vida continuaba. El recuerdo de los hermanos, las madres y las diversiones lejanas, los mantenían vivos y anhelantes. No faltó un cordobés, que al escuchar en alguna radio un cuarteto de Chébere, dejara correr libremente sus lágrimas por la cara curtida y seca.
Ahora, todo había terminado. La bandera inglesa se izaba victoriosa y única. La argentina, se retiraba sin gloria, pero, felizmente protegida.
El día anterior, ante el anuncio de la rendición, tres soldados del grupo arrearon la bandera argentina, cortaron cada una de las franjas, descosieron los camperones Dube que usaban, cada uno metió una franja dentro del forro de su campera y disimularon el escondite. Los ingleses los cachearon, pero solamente tocaron la tela de las camperas. Las francas blanca y celestes estaban bien protegidas,cada una,cerca del corazón de un soldado argentino de Malvinas. Al regresar al  Regimiento de Infantería 8, los girones fueron entregados, vueltos a coser, y hoy la bandera reposa en un cofre, en dicho regimiento.
Después de 6 días en el buque inglés Norland como prisioneros, Roque Weiss y muchos otros, fueron desembarcados en un puerto cerca de Madryn. En camiones, por un camino lateral, los llevaron a la ciudad. No los entraron por el bulevar central porque habían sido derrotados, humillados. Pero la gente no lo sintió así.  Enterados los habitantes de Puerto Madryn de que sus héroes de Malvinas regresaban, hambrientos y sufridos, corrieron a las panaderías a comprar pan, se instalaron a ambos lados de la carretera por donde venían los camiones, y desde las banquinas les tiraban los panes a los famélicos jóvenes que habían defendido las islas. La nobleza de esa actitud, tan noble como el pan que repartían, hoy se la recuerda como el día  en que Puerto Madryn se quedó sin pan. En dicha ciudad, un monumento con una gigantografía conmemora el hecho.
Volvieron, sí.Volvieron con las almas hechas girones de tristeza, por un lado, y de alivio y alegría contenida, por el otro. Girones que el tiempo fue cosiendo, como la bandera del Regimiento 8, verdadero símbolo de las emociones encontradas de quienes llevaron su juventud a las islas, y retornaron con la dura experiencia de la adultez sobre sus hombros. Fueron, tan sólo, simples humanos sacudidos  impiadosamente por los vientos de la Historia.
Muy bien graficó estos sentimientos encontrados, quien vivió y narró estos hechos, en un poema de su autoría: “Estaré feliz por la alegría de los míos y esconderé mi tristeza por la pena de los tuyo”.

Morteros, 2 de Abril de 2020.
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