El teatro de la zona nos sigue deparando muy agradables sorpresa. Al filo del cierre de este 2021, el Taller Municipal de Teatro de dicha localidad, asombró con tres disfrutables espectáculos, tres fines de semana seguidos. Los días 4 y 5 mostraron dos obras breves, «El amor es un pellizco» y «Amor de memoria», ambos de la autora Patricia Suárez. Los días 11 y 12, «Venecia», de Jorge Accame, y cerraron los días 18 y 19 con la puesta de «Padre Pedro», escrita por José Ignacio Serralunga. Todo, bajo la siempre certera dirección de Jorge Lecroq.
Las funciones se realizaron en el Teatrillo Municipal de Brinkmann, a beneficio de Lalcec, Luz de Vida.
Las obras no fueron elegidas al azahar, ya que están todas unidas por un hilo conductor: el amor. En la primera, el amor y sus dolorosas heridas, en la segunda, el amor y sus irónica y graciosas situaciones de parejas, en la tercera, el amor traicionado y la empatía que se puede sentir por otro ser humano, y en la cuarta y última obra, el amor hipócrita y perverso para justificar la violencia sicópata y machista.
«El amor es un pellizco»
Resultó ser una audaz y atrevida selección del director, aunque muy acertada, ya que es un soliloquio de 35 minutos, con un solo personaje en escena, sentado en una silla, de la que en muy pocos momentos se levanta. ¡Hay que mantener al espectador durante todo ese tiempo con la atención puesta en la historia! Y el actor –Roberto Baldo-, lo logra con creces, por momentos, con excelencia.
Los aciertos de la elección están en el personaje y en el tema, ambos responden a nuestra historia, a nuestros antepasados: bisabuelos y abuelos que, muertos de hambre en su Italia natal, lo dejaron todo para venir a la Argentina y armar aquí, su futuro. Marino cuenta el desgarro de su alma, cuando a los 18 años deja a toda su familia y, especialmente a su novia, para venirse. Espera encontrarse con ella aquí, pero la familia no la dejará marcharse de Italia. Marino «arma» toda su vida como puede, aunque el desgarro es tan profundo, que no sana, y ya muy mayor, tal vez con más de 80 años, vuelve a Italia para ver qué ha sido de ella. El espectador se entera, al final, que está sobre la cubierta de un barco y narra su historia a otros pasajeros.
El texto plantea múltiples reflexiones. Siempre se destacó que el gran mérito del inmigrante fue hacer fortuna, salir adelante a pesar de sus miserias, pero muy raramente se plantean todas las angustias, dolores y emociones que tuvo que esconder para sobrevivir y crearse una nueva vida. No eran épocas ni de siquiatras ni de sicólogos, sólo épocas de trabajo duro y ¡a callar!
Es una obra muy sólida y compacta, que no decae ni pierde su objetivo central.
«Amor de memoria».
Una comedia en la que Adán, alcohólico, medicado y con síndrome de Korsakof, olvida las relaciones amorosas en las que se enreda. Esto trae permanentemente malos entendido, situaciones irónicas, simpáticas y graciosas que hacen al pintoresco argumento muy llevadero, y predisponen al espectador para un final que se plantea incierto, pero que se espera sorprenda con originalidad, y responda al tono humorístico de la lógica interna de la propuesta. No es así.
La autora no sabe dar con un cierre acorde, y se despacha con elucubraciones seudofilosóficas sobre la memoria y el amor, que la llevan a caer en lugares comunes y desvirtúan el tono de la obra, confunden, y nada importante aportan al cierre de la comedia. No llega a ser un «deux ex machina», pero se acerca bastante. Este final poco creíble, deslucido e incoherente con el hilo argumental, desubica hasta a los actores, en especial al personaje central, Adán, interpretado por Fernando Ercole, quien venía mostrando una excelente caricatura teatral, pero desorientado con el giro de la historia, no puede sostener su creación actoral, y, al final, se pierde en balbuceos y desubicados arrumacos melosos.
«Venecia»
La culpa de un amor traicionado es el puntapié inicial para que se desencadenen las acciones de esta desopilante y divertida comedia, bien argentina por los grandes toques grotescos, y bien sudamericana por la locura delirante de los hechos, que la ubican perfectamente dentro del realismo mágico de la literatura de este continente.
La Gringa es una madama de un prostíbulo, vieja, casi ciega, perdida por momentos y enferma. Muchos años atrás, traicionó a Giacomo, quien la amaba de verdad, y con el que debía encontrarse en Venecia, pero ella le robó dinero, huyó y abrió el prostíbulo. En los delirios de su ancianidad, quiere ir a la célebre ciudad de los canales para encontrarse con Giacomo.
Graciela, Marta y Rita son sus jóvenes pupilas, quienes ayudadas por Chato, cliente fijo y colaborador no desinteresado del local, harán que la Gringa «vuele» a Venecia, sin moverse del prostíbulo. A partir de ese momento, con la simulada preparación y concreción del viaje, la comedia se convierte en una cadena de simpáticas locuras que divierten, sin tregua, a una platea que responde con interés y mucho placer. De ninguna manera espolearé el final, sorprendente, pero, naturalmente lógico.
La obra muestra la importancia de la valoración de la otredad, de ponerse en el lugar del otro, hacer que la empatía con los anhelos y deseos de quien es parte de la vida de uno, se puedan cumplir, a pesar de todos los contratiempos, dificultades y la ignorancia de cómo resolver muchas cosas. Nada es obstáculo para que estos personajes, de gran pobreza cultural y material, lleven adelante un maravilloso gesto humanitario que los ennoblece como personas.
Una interesante puesta en escena, bien resuelta, a pesar de las muchas necesidades de material escenográfico que plantea el argumento. El ritmo de la obra se mantiene a lo largo de la misma, incluso, por momentos, se intensifica. Eso la hace doblemente atrapante.
En las actuaciones que sostienen lo teatral de estas tres puestas, se nota que hay dirección de actores, con marcaciones precisas y, generalmente, bien resueltas. Los actores masculinos demostraron mejor aplomo y desenvoltura escénica, con elaboraciones muy bien logradas, como es el caso de Roberto Baldo y Fernando Ercole . En cuanto a las actuaciones femeninas, hay prolijidad y corrección, pero, para convencer, faltan matices y búsqueda de precisión en lo paraverbal.
Padre Pedro
El último fin de semana fue el turno de «Padre Pedro», de J. I. Serralunga, obra premiada como Mejor Comedia Dramática, en el XV Festival Iberoamericano de Teatro de Mar del Plata de 2019.
La excelente dramaturgia de la obra se centra en el drama puro, en el rescate de la palabra como motor básico y primigenio del teatro. El contenido de los diálogos está por encima de la acción, de lo teatral, porque los hechos desencadenantes ya fueron, ahora todo se conocerá por el diálogo entre el sacerdote y su monaguillo, Dante.
El tema es muy actual: la violencia contra la mujer. El machismo patriarcal frustrado se desquita con el cuerpo de la mujer, sobre la que descarga toda su brutalidad física y psicológica, bajo la artera excusa de que la ama bien. Porque te amo mucho, te uso sexualmente y te muelo a palos.
Por un lado tenemos al sacerdote, de floja moralidad y convicción religiosa, fácilmente enamoradizo, un cobarde y vulgar pusilánime que se escuda detrás de su ministerio para enamorar mujeres, pero a la hora de dar la cara se esconde y se justifica. Por otro lado tenemos a su ayudante, Dante, violento, embrutecido, incapaz de procrear y que solamente sabe resolver las cosas con golpes y patadas. En el medio, ausente pero de mayor presencia y peso dramático que los dos personajes en cuestión, está Ángeles, esposa de Dante, el «objeto» sobre el que se descarga toda la brutalidad de estos dos sicópatas, cada uno a su manera.
Al final, la banalidad del mal luce con todo su esplendor. Sus graves errores y bestialidades solamente son producto de su condición humana, Dios los comprenderá y los perdonará. Después de aclarar las cosas entre ellos, todo continuará como si nada, se vuelve a la trivialidad de las cosas cotidianas y ¡Santas Pascuas! Pero queda en el espectador la trágica pero certera idea, de que, para Ángela, un ángel que salva bestia con el dolor de su cuerpo maltratado, su infierno, apenas, ha comenzado.
Texto muy fuerte, golpea duro y sabe cómo hacerlo. Tanto en las actuaciones como en la escenificación hay profesionalismo. Lecroq como padre Pedro y Mauro Godino como Dante, a pesar de los –por momentos- extensos parlamento, saben sostener el tempo y el dinamismo de la obra. Se nota oficio teatral, por un lado, y trabajo duro, por el otro. Indudablemente, Brinkmann presenta el mejor teatro de la zona. Obras elegidas con inteligencia, que apuestan a nuestra cultura y costumbres, puestas dinámicas, resueltas con ingeniosa sencillez, marcaciones actorales precisas, y un notable apoyo por parte de Cultura de dicha municipalidad, amén de la reconocida y valiosa dirección del profesor Jorge Lecroq.
Muy festejable esta pequeña «maratón teatral». Una pena la fecha elegida, ya que el público respondió sólo a medias ante tamaño esfuerzo de este grupo de artistas. No importa, ya vendrán mejores épocas. Por lo pronto, el teatro sigue muy vivo y está en buenas manos. Aplausos. Que se repita.
Aclaración de Jorge Lecroq: La obra Padre Pedro se presenta
con el sello "La Minga Teatro" (el grupo independiente que dirijo en
traslasierra hace cuatro años) debido a que éste proyecto está planteado para
girar por esa zona y para una gira nacional, pero comparto el elenco con un
actor del Taller Municipal de Teatro de Brinkmann y el proceso creativo de esta
pieza se ha gestado en Brinkmann, en simultáneo con las otras dos obras
presentadas.








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